Tensa espera
Ayer que sucedió todo, me levanté tranquila y me vestí para dar clase. El primer pensamiento consciente fue para mi clase, no pensé en EL PROBLEMA hasta algo después.
La tensión puede soportarse hasta cierto límite. La más tensa espera comienza a volverse elástica, a reblandecerse tras algún tiempo. Los humanos somos así. Programados para sobrevivir, no para morir de un paro cardíaco esperando un desenlace, el que sea, pero que por fin la espera acabe.
Cuando mi hija tenía cuatro años tuve que esperar tras la puerta doble del acceso a los quirófanos.
Ambas hojas de aquella puerta se cerraron y yo me quedé mirándola sabiendo que nada iba a despegarme de ahí mientras no la viera salir, mientras no apareciera alguien que me dijera que por fin,todo se había resuelto, todo estaba bien. Y así fue, me senté en el suelo al lado de la puerta y esperé casi sin respirar durante dos horas.
Podemos aguantar la tensión dos horas, parar el mar de la vida, de nuestro propio aire durante dos horas. No aguantamos dos meses, ni tan siquiera dos semanas, a duras penas dos días.
Sin embargo, el impulso animal de relajar, cotidianizar, incluso trivializar la espera para hacerla soportable nos mantiene vivos pero no ilesos. Pienso en la vida que me he perdido, mientras esperaba. ¿Qué ha sucedido? Cuántos momentos sencillos de ver la vida pasar, sin más, me he perdido. Cuando uno espera, aunque la tensión ceda, la vida sigue sin fluir. Las huellas de la tensión son visibles.
Ahora que vuelvo a respirar porque la espera ha acabado, EL PROBLEMA se ha resuelto, siento que el rastro de lo vivido está ahí, un cambio físico, me veo distinta en el espejo, como si hubiera épocas que penetran más que otras en la piel, que nos cambian el cuerpo.
Ahora que vuelvo a respirar porque la espera ha acabado, EL PROBLEMA se ha resuelto, siento que el rastro de lo vivido está ahí, un cambio físico, me veo distinta en el espejo, como si hubiera épocas que penetran más que otras en la piel, que nos cambian el cuerpo.


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