Vestirse de Amarillo I
En el agua
infinitos espejos repartían luz en el orden preciso que les dibujaba el oleaje. Un palo semihundido se deslizaba a la deriva
casi blanco
las aristas pulidas
pulida la piel por el uso
pulida la piel a base de ser. Una ventana de luz se abría en el cielo. Una ventana en una ventana.
A pesar de que no había llovido desde no se sabía cuándo
llevaban un par de días con una capa gris encapotando el cielo
nubes que en lugar de lluvia portaban polvo africano y en las que ese día al fin
poco a poco
se estaba abriendo un agujero.
La yerba de Arrigunaga rondaba la arena
ella miraba incapaz de decidir si era la yerba la que amenazaba a la playa o justo al revés. A simple vista no se apreciaba
pero allí todo el mundo sabía quién acabaría comiéndose a quién. Nacían sabiendo que el futuro iba a vestirse de amarillo y que ese futuro era hoy
ya todo se cubría de polvo
ya todo estaba demasiado seco
todo era seco.
El secreto brincaba dentro de su cuerpo agitando el pecho
imponiendo un leve temblor en las manos y por ende en cada gesto. Ella era consciente
soplaba
abría los pulmones al aire buscando un ritmo más lento
anticipando el largo día que llegaba
el desfile moroso de horas que tendría que rellenar de realidad alternativa hasta que la única realidad que contaba
la que guardaba el cuerpo agitado
pudiera salir.
Después del patio
el terreno descendía suave hasta la playa. Todo era amarillo
hasta el verde de la yerba. Paja quebradiza y polvo hasta llegar a la mar. Habían tenido un verano muy seco
así que ahora se preparaban para que cuando el cielo abriera compuertas y cayeran tormentas desmedidas
éstas no anegaran los lugares queridos
no se llevaran a nadie a rastras calle abajo
como había pasado otras veces. Ahora sabían más
habían aprendido que de este nuevo clima solo se podían esperar excesos
cuanto más larga y cruel la sequía más violenta y fiera sería la respuesta del agua. Había llovido muy poco
así que esperaban tormentas
aunque comparada la situación con la de otros años
tampoco era para tanto. Nunca es para tanto hasta que lo es del todo y esto último ya había pasado también. Ya había caído todo y hubo que levantarlo.
Caminó siguiendo el sendero que bordeaba el límite
muy arriba en el monte
hasta donde (en ese momento tan caluroso y seco parecía imposible) sabían que pronto llegaría el agua. Tuvo que detenerse para sacar una piedrita que se le había metido en la sandalia y al hacerlo
demoró el momento sentándose en una roca que flanqueaba el camino
donde estiró el cuello
se levantó la melena un instante y al sentir que algo de aire refrescaba la nuca
sacó el palo de la bolsa que llevaba al hombro y se ató un moño. Era mínima
muy débil
pero era brisa al fin. Llevaban dos días de calma chicha exasperante. La gente se miraba de lejos con ojos desquiciados para evitar acercamientos innecesarios
que eran la mayoría. Dos días a 40º sin una brizna de aire eriza los nervios de cualquiera. Ella conservaba en cambio el buen humor
tenía su antídoto
el temblorcito agitando el aire del pecho
el secreto alado. Rió para sus adentros y se levantó de golpe ante la idea de aguantar callada
¡callada!
¿quién iba a callar si todo gritaba? Ella
ella lo haría. Porque era necesario
absurdo y necesario
como la vida. Absurda y necesaria
su vida le había dado de cuando en cuando aquellos regalos
no era la primera vez. Posibilidades
puertas que se abren
conexiones insólitas
llaves. Aguantaría pues
todo por conservar la llave en la mano. No iba a soltarla.
Recorrió a paso rápido el camino que quedaba hasta casa de su vecino. Allí servían café desde el alba hasta media mañana. Después el hombre se iba a pescar
a la huerta en verano
en otoño a hacer txakolí
y a sus animales y faenas el resto de días. La cosa es que fuera la estación que fuera podías tomar café y hasta untar pan con aceite o mantequilla en las horas debidas. Después ya no. Bajo ninguna circunstancia. Jamás. Nunca. El café era bueno y el hombre inflexible.
Subió los escalones de madera y apoyada en el poste que sujetaba el tejadillo del porche agitó la campana. Una voz desde dentro contestó “¡Buen día!” y ella se sentó en una mesa. Al otro extremo del banco corrido desayunaba Ian
un hombre que vivía algo más arriba
en un salpicón de cinco casitas minúsculas
estudios de una sola habitación
blancos y grises
idénticos
que había construido su padre ya difunto. Él quiso quedarse uno
un poco por nostalgia (su padre no pudo ver la obra acabada) y mucho por comodidad. Era un hombre que vivía solo y gozaba del espacio escaso como de una segunda piel o una manta bien ajustada. La estrechez le resultaba hogareña.
En la mesa del desayuno Ian había desplegado el portátil una tableta de dibujo la taza de café y un plato de tostadas en la que aún quedaba una rebosando aceite.
Ella le sonrió
él le devolvió la sonrisa en un intercambio cálido y corto. Él era amable desde la extrañeza
huraño no
digamos parco
en palabras y en presencias. Pasaba la mayor parte del tiempo solo aunque se contaba con él
era importante para el barrio lo mismo que el barrio le importaba a él.
Así que a ella le desconcertó un poco que él le guiñara un ojo
pero justo salió el vecino con el café en una mano y el plato con las tostadas en la otra
y entre ambos panes
el montoncito de mantequilla recién sacado de la heladera. Se abalanzó hacia el desayuno y casi termina duchada en café. Ian resopló y ella tuvo que mirarle para ver que el sonido ahogaba una risa. Entonces sumó dos y dos:
—¿Tú ya lo sabes?
—Si he de contarlo tengo que saberlo. De hecho lo supe antes que tú.
—Por el periódico.
—Por supuesto.
Ella sonrió y quiso decirle que se sentía afortunada y que le estaba matando la ansiedad. Pero él ya se había ido
al territorio propio donde nadie entraba. Ian tenía ese don
todo el mundo podía ver de lejos cuando no quería ser molestado
como si de pronto le envolviera una membrana una campana
los ojos fijos en la pantalla y el cuerpo ordenado de tal forma que quedaba clara la concentración
absoluta
la conversación había acabado. Así que sopló para templar el café y lo revolvió despacio mientras daba el primer mordisco a la tostada. Quizá antes de la noche le partiría un rayo
un tsunami los borraría a todos
sufriría un ataque al corazón
cambiarían de opinión
cualquier cosa
quizá la hora anhelada no llegaría jamás
¿y entonces?
minutos desperdiciados esperando lo por-venir. La tostada crujió deliciosa
el paladar detectó la mantequilla reciente. Conocía a la vaca a las manos que la ordeñaban a las que batían la nata. Qué bueno. El café con leche era mejor todavía. Dejó que los ojos barrieran el horizonte sin detenerse en nada tras dar el primer sorbo. Luego los cerró. La brisa crecía. Era agradable. Decidió asirse a cada momento
exprimirlos a fondo
como si la consciencia de cada segundo
en lugar de dilatarlo
espoleara al tiempo
lo pusiera a galope tendido. Así la cáscara de su cuerpo se fue relajando mientras por dentro el temblor
amortiguado
batía las alas. Esperaría. Hasta esta noche. No era tanto. Esperaría segundo a segundo.


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