No hay palabras.
Tú y los que amas habitáis una balsa. El viaje es azaroso, trae aguas bravas y momentos de calma. Incluso hay veces que como la balsa lleva vela, si el viento es propicio, parece que vuelas a pocos centímetros sobre el agua. Es una embarcación modesta pero el uso la ha hecho cómoda y aunque la travesía es dura, también hay espacios para el gozo. Desde esta mañana, sin embargo, algo ha empezado a ir mal, el agua se cuela por las juntas, perdéis estabilidad, los maderos han comenzado a separarse y cada viajero se ha aferrado a uno para salvarse.
Aún os empuja la misma corriente, navegáis juntos pero estáis separados, cada uno aferrado al lugar que considera más seguro, todos mirando al frente intentando adivinar lo que vendrá. A ti, los ojos que antes te calmaban, ahora te faltan, tú también miras, sobretodo, hacia delante y cuando vuelves el rostro buscando otros ojos, no los encuentras, todos miran al horizonte, a las aguas, al cielo intentando adivinar...
Además de los ojos faltan las palabras, quizá no sean necesarias, quizá todo está demasiado claro, la situación es dificilísima pero clara como la luz del día, la balsa está anegada de agua, podemos zozobrar. Las palabras que en otros momentos ayudaban a comprender lo que ocurría, daban calor porque los problemas se solucionaban entre todos ahora no están. No hay palabras: es claro lo que pasa, todos saben que la única solución pasa por encontrar una playita tranquila en el próximo recodo, donde atar de nuevo los maderos y volver a navegar. Si la playa no aparece la balsa se acabará, cada uno llegará a donde le lleve su propio madero. No hay palabras porque todo está dicho ya. No hay palabras porque sólo servirían para regodearse en el miedo o la desdicha. Hay soledad.


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