EL ALIADO TANGENCIAL
Camino a diario desde el punto A al punto B. Es un trayecto que te lleva desde los jardines traseros de un suburbio de clase media, propio de una peli de Spielberg, pasando por unos senderos semi rurales donde el agua te llega al tobillo si ha llovido, pastan las cabras y a veces los caballos, corre el agua paralela a tu paso y para acabar te suelta de bruces entre la grasa de los talleres mecánicos, la maquinaria agrícola, bicicletas, tablas de surf, entrenadores para perros y entrenadores personales.
Durante un tiempo fue un camino que me costaba la vida andar.
Tuve que rehacer significados y prácticas para renovar el deseo que me llevaba al punto B.
Para hacerlo, o mientras lo hacía, fue cambiando mi percepción del camino. Buscaba las nubes y el cielo por donde los tediosos jardines y sobre el cemento y los techos de lata de los pabellones. Quizá inventara, tal vez supe ver, el caso es que rescaté de entre el barro, la maleza y la respiración de los animales una especie de eco, de sensación de ciclo vital que me conectaba con un lugar interesante, confiado, dentro de mí.
En este tránsito he tenido un aliado. A su pesar, a regañadientes. Un hombre joven, y sin embargo, portador de saberes que yo creía seriamente dañados, casi en peligro de extinción, que ha desbrozado el camino y de tres paredes en ruinas ha construido una casa agujereada. Ahora viven gallinas, perros, pastan caballos y un burro. Hay huerta y semillero, y él se sienta en el umbral a oír trikitixa (parece postal pero sucede como lo cuento).
Es el aliado tangencial.
Él no me habla jamás si yo no le obligo saludándole primero y nunca me mira si puede evitarlo.
Ha levantado el río, así que yo se lo agradeceré siempre, aunque a él se la traiga al pairo. Ha levantado el río, que era un murmullo bajo las zarzas, trayéndolo hasta los ojos ciegos de urbanitas como yo.
Junto a ese río he aprendido el camino otra vez.
Durante un tiempo fue un camino que me costaba la vida andar.
Tuve que rehacer significados y prácticas para renovar el deseo que me llevaba al punto B.
Para hacerlo, o mientras lo hacía, fue cambiando mi percepción del camino. Buscaba las nubes y el cielo por donde los tediosos jardines y sobre el cemento y los techos de lata de los pabellones. Quizá inventara, tal vez supe ver, el caso es que rescaté de entre el barro, la maleza y la respiración de los animales una especie de eco, de sensación de ciclo vital que me conectaba con un lugar interesante, confiado, dentro de mí.
En este tránsito he tenido un aliado. A su pesar, a regañadientes. Un hombre joven, y sin embargo, portador de saberes que yo creía seriamente dañados, casi en peligro de extinción, que ha desbrozado el camino y de tres paredes en ruinas ha construido una casa agujereada. Ahora viven gallinas, perros, pastan caballos y un burro. Hay huerta y semillero, y él se sienta en el umbral a oír trikitixa (parece postal pero sucede como lo cuento).
Es el aliado tangencial.
Él no me habla jamás si yo no le obligo saludándole primero y nunca me mira si puede evitarlo.
Ha levantado el río, así que yo se lo agradeceré siempre, aunque a él se la traiga al pairo. Ha levantado el río, que era un murmullo bajo las zarzas, trayéndolo hasta los ojos ciegos de urbanitas como yo.
Junto a ese río he aprendido el camino otra vez.



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