El escudo es agujero.



Mi ama tiene en casa, desde que empezaron estos tiempos de pandemia, una palangana con lejía y un trapo, que bien escurrido, usa para desinfectar todo lo que entra en casa: la suela de los zapatos, cada cosa que compra y, por supuesto, todo lo que tú le lleves.

Bien escurrido es un concepto importante para mi madre.

Los hombres escurren con las manos hacia abajo y las mujeres hacia arriba, que es, según ella, como tenemos más fuerza. Creo que es una de las primeras cosas que me enseñó, a escurrir bien.

Poniéndose los guantes comenta resignada: Chica, total para qué, cuando menos te lo esperas ya te has metido el dedo en la nariz y cualquiera sabe ese dedo qué ha tocado antes. ¿Lejía?, pienso yo. ¿Qué va a tocar sino? Y ella sigue hablando porque es una maestra en ignorar las caras que le pongo. 75 años rascándote sin más cuando te pica, tú me dirás… No sé para qué me tomo la molestia... Y sigue bañando en lejía la bolsa de Eroski antes de doblarla y guardarla donde las bolsas de plástico. Esto del virus es horrible,  pero peor es estar sin trabajar, acabar pobre, así que habrá que ir, habrá que salir, ya me dirás, qué asco todo, chica. No plancha la bolsa porque no le aguanta el calor, solo la dobla.

Eso nos queda, el trapo y la lejía. Como somos incapaces de cuidarnos, de escuchar a un planeta que ya fabrica por sí solo las barreras naturales,verdaderas vacunas, como los cambios han de ser radicales y lo radical nos da miedo y lo despachamos por pueril o imposible, solo nos quedan la cueva, la pobreza y el trapo bien escurrido.




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