Dame una ventana
Dame una ventana.
Poco te pido.
Casi nada.
Deja de compadecerte o mirarme desde arriba,
en la ventana están todas las cosas que merecen la pena,
en la ventana está el adentro y el afuera, es el umbral, es la llave,
la reina y soberana de la posibilidad,
el imperio de lo imposible,
lo que jamás alcanzarás puedes verlo a menudo desde tu ventana.
Por mucho que a veces la vistan de refugio de cobardes, y no dudo que lo sea, lo mismo que mirar a las fieras desde la barrera, a mi las ventanas no me dejan escapatoria.
Enfrentarme a una no me relaja, ni me lleva a la contemplación serena,
llamadme extravagante, decidme loca.
La ventana tiene en mí el efecto de un motor fueraborda,
oigo el turbo conectarse,
me crecen tobillos de Mercurio, esas alitas tan pequeñas y que trasportan al dios por los cielos, esos mismos me crecen, tobillos alados.
Y veréis mi cuerpo, casi quieto, sentado al menos, horas y horas frente al aire y la calle, sin dejarse tocar por ninguno.
Aparentemente.
Abrir una ventana es invitar a entrar, al mundo, a los vendavales, a los olores y aires, los ruidos, los gritos, los pájaros, trozos de canciones y palabras sueltas. Para mí una ventana es lo opuesto a quedarse quieta. Todo se me mueve.
Abrir una ventana es recordarme que estoy viva y que algo quiero hacer al respecto.



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