
No sé nada. Dolorosa y feliz afirmación cuando los años se
acumulan. ¡Y sé tantas cosas! Esa contradicción me lleva a engaños, a absurdos,
¡al surrealismo me lleva! Saberse ignorante de tanto te hace olvidar a veces lo
que sí sabes. Aunque haya mañanas que te alcancen en pañales no significa que
amanezcas nueva de pronto. Mi oficio practica la ilusión de la primera vez, las
actrices estamos entrenadas para que en el escenario las cosas nos sorprendan
aunque las hayamos ensayado un millón de veces. En la vida no, teóricamente, aunque cómo resistirse a las ganas de aprender, a imaginar que
algo o alguien va a ayudarte a encontrar caminos escondidos, (¡que aún haya
caminos escondidos, por favor!). Creo que cada una portamos dimensiones propias
y desconocidas. Dejarse sorprender, admirar, bajar el volumen de tu propia
cabeza para aprender en la amplitud de otra mente no tendría porqué
interpretarse como una disminución, una derrota. Son palabras vanas, sin
embargo, porque el juego que más se lleva, al parecer, es el que nos proclama
vencedoras sobre los restos de otras. Y a mi me parece una tristeza y un
desperdicio si cada vez que te beso tengo que sujetar el amor, si antes de
interesarme por tus causas me aparto displicente porque esa canción ya me
suena, a mi edad me suenan todas, si aún así tu humanidad me estremece y me
desborda y me interesa y sé que la alianza nos lleva al éxito mucho antes que
la pelea: ¿ahora si? ¿conviene olvidar esto? ¿Hacer como que no lo sé y seguir
en la competición como hacen todas? No hay nada ahí, la meta está vacía, nada
en las soledades que miran atrás con miedo de ser alcanzadas, de perder. Mucho
más fértil el abrazo, la admiración mutua, el aprendizaje compartido. Sigo
convencida ¡que me contradigan los cielos!
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