SPIRAL OUT. El desierto no está desierto y Canelo ya lo sabe.
Me gustan esos versos de Gloria Fuertes y el caso es que aquí estoy: al borde del camino. Eligiendo no tirar del carro ni bajarme de él; esperando que, a su debido tiempo (deliciosa observación entre comas), broten las amapolas.
Sigo fuera de la espiral. Desde aquí se percibe su atracción, su poder de succión. Esas voces que susurran: "chica, sobre todo a tu edad, no es buen sitio estar fuera."
La espiral emite una vibración que por conocida, como si fuera una cuna, tienta, huele a calor, seguridad, compañía. "La cosa es que, chica, sobre todo a mi edad, resulta que me se el final de la canción y suele ser el logo de audy."
Aunque mi propósito es no esforzarme, encontrar lo que deseo mientras danzo placenteramente en la corriente, todas mis células están predispuestas al trabajo, a convertir cualquier ocupación en obligación, y de cualquier obligación hacer examen.
No puedo evitarlo, oigo a Aznar rebuznando: "los
conmmmunistas" entran en el gobierno. Es mal actor de narices, ojalá fuera
verdad y se le estuvieran poniendo las tripas tan verdes como parece. Hay que
ir más allá,ojalá supiera cómo, todo esto son títeres de los peores y todo esto
es lo que somos. Con estos mimbres, (se me abren las carnes), ¡y sí!, con estos
mimbres hay que armar el cesto, señoras.
Mirando la hemeroteca, lo que sigue es que al pueblo,
agotado por tanta angustia y tanto miedo: al comunista, al extranjero, a las
mujeres, miedo a cualquier cosa; a la derecha radical, a la izquierda radical,
a los movimientos radicales de América, lo siguiente es que al pueblo agotado
por tanto miedo a todo le crezca un salvador. Sereno, centrado, hombre y de
derechas, que para que todo vuelva a su cauce, que a estas alturas habremos
olvidado lo mierda que es y añoraremos como bobas, nos hará tragar carros y
carretas. Quiero salir de esta rueda. ¿Será que todo se cae, como dicen algunas
lenguas, o que todo crece, como susurran otras? ¿Será que todo esto no son más
que monigotes que manotean en las pantallas y miramos mientras seguimos
haciendo las mismas cosas de la misma manera? ¿Qué cambiamos en nuestro hacer?
Y no estoy pensando en reciclar el papel, que también..
Elortes es la casa de mi infancia y en sus campas y árboles he soñado de niña escribiendo, sin saberlo, mis primeras historias. Hoy, barriendo hojas de roble, me recordaba tumbada bajo sus ramas y saltando después a una de ellas en mi personal recreación de Los Ángeles de Charlie.
He venido buscando una isla de soledad sin gente, ni internet y aunque me he concentrado muy bien y he avanzando bastante en el proyecto que tengo entre manos, no hay desierto que esté desierto, ni lugar tan solitario como para no recibir visitas.
Nada más llegar, observo que la campa del caballo está moteada de figuras humanas sentadas sobre la hierba. Buscaba un páramo solitario azotado por el viento a lo Brontë y me encuentro con una multitud desparramada sobre la hierba. (W.T.F??!!)
Estaban bastante lejos, así que he hecho como que no veía y me he metido en casa. Estaba moviendo la mesa de la sala para acercarla a la ventana cuando he empezado a escuchar voces, ¿voces?, sí, los perros ladran y sí, en euskera, y muy cerca, o eso parecía.
Al salir compruebo que las motas humanas se han trasladado para tomar posiciones sobre la muna que hay detrás de la higuera. Seguramente alguna con el culo posado sobre las cenizas de mi aita que esparcimos hace dos semanas. Un jovencito con perilla y pelos largos me aclara que él es el profesor y ellas, alumnas de Bellas Artes y que vienen a dibujar, de hecho vienen a menudo, no suele haber nadie, ¿te molesta? Le contesto que no, que solo me sorprende y que no pisen las vides, a lo que me contesta que son del pueblo. Le miro pensando y a mí qué, como si sois de Cuenca. Él se ve obligado una vez más a aclarar sus intenciones así que añade que ellas, esas cosas las respetan. Ok, pues. Vuelvo a sentarme en mi soledad intervenida y de veras me concentro porque desaparecen sin que me de cuenta. Cuando salgo a fumar la campa está vacía.
Pero son tres caladas y ya veo el coche de mi primo bajando por el camino. Mi primo suelta a Canelo que sale de su txabola con el objetivo aprendido de fundir en dos horas la energía acumulada durante 22. Se te acerca a las faldas con tal velocidad que la mera intención de caricia ya le basta y sale disparado a recorrer ese pedazo de mundo archiconocido que aún así ha de verificar, olisquear y escarbar convenientemente.
Mi familia puede verse distante, acaso un poco fría, la realidad es que Asier y yo apenas mediamos palabra, sabiendo de sobra que hemos venido a nuestras cosas y que no nos apetece perder el tiempo en charlas sin sustancia, así que intercambiamos cuatro frases de mutuo reconocimiento y cada una sigue con lo que estaba.
Él da de comer a los animales, se marcha a correr con el perro y cuando vuelve me dice adiós montándose en el coche. Cuando era niña el camino era de tierra y la gente llegaba y desaparecía envuelta en una nube de polvo muy de película. Ahora hay asfalto.
Escribo en el portal porque el día es especialmente cálido, estamos a veinte grados a mediados de noviembre. Todo se va llenando de sol según se acerca el mediodía y vibran los colores del otoño y el viento sur acaricia.
Todo parece calmarse y llenarse de cierta soledad apacible, pero no. Dos figuras masculinas se acercan por el camino. Se presentan dando la mano. Sin escuchar, he oído dos nombres. El que más habla, es un tipo de mi edad, con pinta de vendedor de alarmas. El otro tiene aspecto de hombre del este, con una cadena de oro del grosor de un dedo bajo la camiseta a rayas y un acento extraño. Me caen bien, proponen un negocio sencillo, aprovechando la cercanía de la universidad y es tan simple, se ajusta tan bien, como anillo al dedo al lugar, a mis circunstancias, a la época en la que vivimos, pues es un negocio lowcost, que seguramente todo será una filfa. A pesar de mi natural desconfianza de aldeana, acentuada si cabe por el marco en el que me encontraba, les he dado mi correo electrónico para ver la oferta por escrito. Efectivamente han enviado un mensaje. Aún no lo he abierto.
Es lo que pasa.
Estoy fuera de la espiral.
Quiero dibujarme una vida fuera de los parámetros ocio/trabajo.
Reniego de ambas palabras.
Vengo de la espiral así que el propio cuerpo me pide reanudar las rutinas, descansar en las costumbres, luego soy cuidadosa. Ya de vuelta en casa, le decía a una amiga que en esta supuesta "nada" donde habito ahora, cada día abro una puerta distinta y tras todas ellas hay una parte apetecible y otra imposible y ninguna da réditos inmediatos y no me decido a concentrarme solo en una y anhelo concentrarme solo en una y ¿cuál? Busco una señal en el cielo, busco algo que indique el camino. Vuelve la niña que soñaba debajo del roble y la miro sorprendida de encontrarla tan cerca, hace mucho que no la miraba y no se había ido a ninguna parte.



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