Her Majesty 2


A él le debo llevar un cuaderno en el que escribo casi a diario. Los primeros se los escribí a él. Como no podíamos hablar le escribía. Así que la costumbre esta de escribir a diario empezó con él, con su muerte. Pasó estando yo lejos y si ya cuesta encajar que alguien muera, que desaparezca de un segundo para otro, parece más difícil cuando no estás y la muerte te la cuentan y la escena es una escena en la que tú hubieras estado seguro.
El era un "notas" según decían. Alguien que derrochaba energía; su droga preferida era la anfetamina de la que se había retirado, o se estaba retirando porque le gustaba demasiado.
Fue en el parque del Puerto Viejo y estaban todos, no recuerdo si era de día o de noche, solo me lo contaron, pero era una situación como habíamos vivido mil, de sentarnos en la hierba en verano con alguna guitarra y con porros, y con gente yendo y viniendo, y yendo y viniendo también nosotros y volviendo una y otra vez al parque a seguir hablando. Al fin y al cabo lo importante eran aquellas conversaciones y el mundo que con las palabras íbamos construyendo y cuya solidez dependía de ese alimento: las palabras y el apoyo de una mentes en otras, de unos cuerpos en otros. Había drogas y había sobre todo una apertura inusual de cuerpos y de mentes. Previa a cualquier droga. Vivíamos una necesidad de conexión y de trascendencia, que aunque dolía en sus extremos, nos convertía por momentos en magos visionarios, en chamanes que compartían visiones y tenían el poder de encontrar las palabras para que se sostuvieran por un tiempo en el aire.
Éramos un grupo de pocos y al mismo tiempo de muchísimos, las imágenes que me vuelven están llenas de gente diferente, y algunas caras que se repiten claro, indefectiblemente. Todo el mundo era bien recibido y todos se contagiaban en alguna medida de ese ambiente de marginalidad elegida, de vida de verdad en la que los trabajos, los estudios, las necesidades prácticas, incluyendo comer, eran secundarias.
Eramos un grupo pintoresco en un pueblo pequeño. Calculo que para muchos habitantes de mi quinta, pasar unos días con nosotros era como vivir una experiencia peculiar y fresca de la que uno vuelve renovado a zambullirse en lo cotidiano. Lo real. Amaban la intensidad con la que vivíamos y la despreciaban suavemente, con ese rollo paternalista de esperar a que te caigas del guindo. Algunas seguimos subidas. Las guindas no las comemos pero nos gusta mirarlas. Otros, como él, murieron subidos a lo más alto. En pleno subidón. Parece una broma macabra y es verdad. También en el sentido metafórico. En el sentido literal murió al tocar un cable de alta tensión después de trepar a un poste. ¿Para qué haces eso? Subirte a un poste de la luz. No estuve allí.Pero sé que no lo hizo para nada. Él subiéndose al poste era él siendo él. En plenitud. Y cayó electrocutado.

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