Al arte no le gusta la realidad

   Si pienso en lo que he visto, oído, leído... llego a la conclusión de que la realidad tiene muy mala prensa dentro del arte. En todas sus manifestaciones. Se la considera insoportable, injusta, desleal, a veces indetectable se vuelve sospechosa y lo que es peor, falsa.  ¿Si la realidad es falsa, cómo saber..., cómo saber nada?

   Yo no creo que sea falsa, creo que es pantanosa, un lecho de arenas movedizas bajo un escenario cuasi-inmutable. Imaginad una ciudad de 800 años durante los cuales han cambiado algunas de sus calles, ha crecido, edificios modernos han sustituido o se han sumado a los antiguos... En fin, nuestra ciudad ha sufrido todos los cambios propios de cualquier ciudad con historia y ha mantenido también, como casi cualquier ciudad su esencia intacta. El carácter de la ciudad. El equilibrio de sus clases sociales, sobre todo en los extremos, el nombre y el número de los que las componen apenas ha variado a través de siglos y siglos. Todo esto que parece inmutable de tan sólido e irrefutable, tan real. Todo este conglomerado de realidad, cemento y piedra descansa en realidad sobre un inmenso e inestable pantano. De modo que si levantáramos las faldas del decorado veríamos como el propio suelo que da apoyo al mismo tiempo va tragándose, se alimenta de sus pobladores. Con nuestra humana percepción del tiempo la variaciones que veríamos tras apartar el velo, ese suelo que primero se come y después escupe en otro lado pequeñas cosas y acontecimientos, mientras a otros se los traga para siempre, pequeños individuos, cosillas sin importancia, todo lo que nuestra nueva posición privilegiada nos revelaría, mirándolo en conjunto apenas sería nada, nada importante. Por eso da la sensación de que la realidad es una y encima inmutable. 

   El arte ha descubierto que ahí hay trampa y se enfada y se revela y habla de percepciones, de realidades múltiples o paralelas. Un pataleo apenas frente a la resistencia de los materiales con los que se fabrica la realidad. Pero ya he dicho que para mí es más sólido el edificio que sus cimientos.

   Porque si por un momento pudiéramos apartarnos de nuestra humana percepción y "sentir" el tiempo al ritmo del cosmos veríamos ríos de lava que se revuelven, hierven y se deslizan a toda velocidad bajo los adoquines y la brea. Esa otra realidad va tan rápido que apenas si repara en la ciudad que ha emergido si no es como una pequeña molestia, la picazón o las cosquillas de una mosca que tal vez aplaste, o no, en cualquier momento con un descuidado manotazo.

   Saber que la realidad es inestable, mutable, revisable, ¿dónde nos deja? ¿Donde estábamos? ¿Rodeados de piedra, acero y direcciones únicas? Tal vez nos deje en mejor posición. Sabiendo que nada es tan sólido como parece, que merece la pena mirarlo dos veces. Sintiendo correr la lava bajo nuestros pies quizá podamos desarrollar una especie de alerta, una superescucha que nos permita aprovechar los flujos y las corrientes y avanzar terreno más rápido de lo esperado. Tal vez con esta percepción mezcla de percepciones podamos sorprender y provocar cambios largamente esperados. No para correr más, ¿hacia dónde? el manotazo será imposible de predecir ni eludir, será accidental, fortuito, una casualidad. Yo imagino que podemos avanzar hacia una especie de plenitud. Un fluir con fricciones, algunas placenteras, otras no tanto pero que nos mantengan a flote, que la realidad al fin sea transitable.

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