El álamo de los zapatos

Suelto los cordones y me quito un zapato, estoy sentada en el suelo, el suelo está caliente porque en general hace calor, no sólo en el suelo, es un día cálido. Suelto los otros cordones y me quito el otro zapato. Con los calcetines hago una pelota y la guardo en el bolso. El bolso es lo suficientemente grande como para tragarlos sin inmutarse. Me miro los dedos de los pies, quito la pelusilla adherida a la piel. El suelo es marrón, los pies más claritos. Cojo las cuatro puntas de los cordones de los zapatos y las ato en un sólo nudo, me levanto, agarro un zapato del tacón, y hago girar al otro como si en la mano tuviera una honda, lanzo al aire los zapatos y ahí quedan, junto a otros cientos, colgando del álamo al borde de la carretera. A mi izquierda y a 200 kms hay un lugar, a 218 kms y a la derecha, otro. Ninguno de los parajes me dice nada, por eso ambos son perfectos. Tomo mi primera elección: derecha o izquierda...

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