TESTIGO INCÓMODA
Son tus manos
las que ahora me evitan
porque tú sabes que yo sé
que hacen maravillas.
Y ahora que se crispan
aferradas a las cosas
que escupen cara de cosa.
Ahora que se posan fláccidas,
como si no entendieran nada,
las prende la vergüenza,
yo soy la testigo incómoda.
Rehúyen de mis ojos,
tocarme, parece una osadía.
Yo iba a darme cuenta,
mi piel se enteraría
de que han perdido el calor
que mientras hacían lo suyo
tenían encendido.
Han perdido el calor que da
lo que haces convencida.
Tus manos están frías,
por eso me evitan.
Tu sabes que yo sé
que ahora son manos que claudican.
Hay soledad de isla
para la razón, las dudas y las preguntas
Campana de silencio
sobre la testigo incómoda.
La pereza
de sentir
y abrir la casa,
la pereza
de pensar
y ver las cosas,
todas las perezas
caminan por calles concurridas.
Y qué rápido desaparece el impulso,
barrido como las migas del mantel
tras la sobremesa.
Si el olvido anega todos los espacios,
si en lugar de caminar nos seduce la cantinela y seguimos quietas,
no contéis conmigo.
He adiestrado mi cuerpo para que sea mi dueño y se abre y cierra solo, sin que yo se lo diga.
Se levanta y camina aunque una parte de mi todavía llore, no esté decidida.
Mi cuerpo está entrenado y cuando quiere me niega, niega mis excusas, se levanta y me salva.
Mi cuerpo
es la anciana que me habita en secreto,
ancestral y arcaica,
dura como la piedra,
un resorte de acero pulido
que me levanta.
Recojo los segundos,
la vieja no tira nada.
Soy dueña de mis horas,
soy la vieja que camina.



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