AGUR.
Hay un mundo, hecho de silencio, de gentes que viven resignadas al sufrimiento, invocando o esperando males, que a veces viene a ser lo mismo, gentes que a cambio, y porque vivían muy cerca de los ritmos elementales de la tierra, de los cielos, de los animales, se aferraban con uñas largas al impetuoso chorro de la vida, comprendiéndola mejor que nadie y negándose cualquier posibilidad de alterar su curso. Para esas gentes la vida es una vieja conocida, que discurre con el ímpetu y la arrogancia de un tirano, demasiada fuerza como para pensar siquiera en alterar mínimamente su curso. Se están yendo. Esas gentes. Dentro de poco no quedará nadie. Lo mismo se nos va un freno que un conocimiento profundo de cosas que ya nadie sabe.



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