Lo primero
Es uno de mis primeros recuerdos. La costumbre era bajar a
la fuente sobre los hombros de mi aita. Para mis piernas de cuatro años el
camino, campa abajo hasta llegar al manantial, era largo y accidentado.
Había que cruzar la primera campa, después del gallinero y
las higueras, hasta llegar a la campa de abajo que era el sitio donde crecía la
manzanilla. La manzanilla eran txibiritas distintas con menos pétalos y botones
más grandes y oscuros.
Desde allí girar a la derecha y bajar hasta la hondonada que
te acercaba al tubo desde el que brotaba el agua, y cazaban las salamandras, y
los sapaburus se convertían en ranas y los veías nadar en los diferentes
estadios de su mutación.
Aquel día lo recuerdo porque fue distinto. Me puse delante
de las piernas de mi aita, frenándole el paso, como hacía siempre, para que él
me levantara con un gesto rápido sobre los hombros y yo habitara el cielo
agarrada a su pelo escaso y él me acercara en dos trancos ágiles hasta el borde
del agua, y resultó que no. Aquel día no. Yo ya había alzado los brazos
esperando los suyos y me recuerdo interrumpida en la mitad del gesto y
escuchándole decir: ¡Uy, no! Tú ya tienes el kakaleku muy alto para andar a
burritxikus. Me dio la mano y bajamos andando hasta la fuente.
Mi aita era amable, y risueño, nunca ponía distancia y
siempre estaba dispuesto a todo. Era raro oírle decir no. Por eso cuando lo
decía tenía algo de irrevocable. Bajé enfurruñada y triste la primera parte,
luego al ver ya el agua, se me olvidó.
Nunca más subí a sus hombros. Aquello se acabó. Caminamos de
la mano muchas veces, eso sí. Aquel día tuve consciencia clara de lo que era
hacerse mayor.



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