Las ocho horas.
El día que me espera será azul y
verde que paulatinamente irán comiéndose el gris que veo ahora en la ventana. Del cielo vendrán colores y
luces y podré dejar el paraguas en casa.
Temblar sin saber por qué se
tiembla. El temblor es un hecho que se presenta sin razones, que atenaza el
estómago y mira sin prisa la vida.
Paradójicamente el temblor es
valiente y avanza sin dudas. Tras tanto tiempo habitándome he llegado a aceptar
este temor primigenio, heredado, que no responde a las leyes de la causa y el
efecto. No precisa porqués, es tan antiguo como el latido de la vida y llena sin
complejos todos sus momentos: los angustiosos, oscuros y precarios, por
supuesto; pero también los felices, los plenos, los que suponemos certeros.
El temor me hace aguerrida y
valiente. Cada paso que avanzo es una victoria para mi cuerpo que tiende al
cero, al reposo absoluto, a la nada. El mismo miedo en otros cuerpos les dota
de aspaviento, velocidad, hacer perpetuo, yo soy del otro lado, de los que en
lugar de espantar el miedo a bandazos optamos por hacernos los muertos. La
misma provocación para resultados opuestos.
Los saberes son perceptivos,
escasos, acotados, reducidos… pero son lo que tenemos, con lo que nos
manejamos, las armas que portamos.


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